Esos ojos me transmitían paz y serenidad, muchas veces alegrías y alguna que otra tristezas.
Esos ojos han llorado de pena, de miedo, pero también lloraron de felicidad.
Esos ojos nunca estaban perdidos, porque siempre me hacían saber qué camino coger cuando no sabía cómo seguir. Nunca me fallaron, siempre estaban ahí cuando yo les necesitaba. Siempre supieron cómo consolarme en los malos momentos y sacarme sonrisas.
Solo con sentir esos ojos mirándome ya era feliz, esos ojos que me daban la vida.
Esos ojos eran los últimos que veía al irme a dormir y los primeros que veía al despertarme, y así si que daba gusto levantarse temprano los días de diario.
Y de repente esos ojos dejaron de mirarme, ya no transmitían nada, ya no me ayudaban nunca.
Esos ojos se habían apagado, para siempre.
La escritura es un arma, y es más poderosa de lo que jamás podrá ser un puño.
lunes, 14 de octubre de 2013
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